La típica historia que nunca comienza 

21.07.2017

"Pasó diez minutos con el amor de su vida y miles de horas pensando en él."

                                                                                                        Paulo Coelho

LA TÍPICA HISTORIA QUE NUNCA COMIENZA

                                                                        26 de agosto de 2006, miércoles.

     Apuraba una intrascendente tarde de verano asistiendo con Candela a la reposición del clásico de Clint Eastwood, "Los puentes de Madison" predispuestas a inflarnos a llorar con la recurrente historia de amor imposible. Parecíamos unas solteronas poco agraciadas que se engañaban a sí mismas pensando que seguían solas por deseo propio. A nuestros veintiocho años se nos resistía la llegada de nuestro príncipe azul. Candela acababa de romper con Gerardo, el chico por el que llegué a creer que mi padre mantenía una relación íntima con mi mejor amiga. Lo dejó Gerardo, argumentando que se había acabado la chispa. La falta de ilusión coincidió casualmente con el ofrecimiento en firme de Candela para pasar por el altar. Otro caso de hombre alérgico al compromiso. Salvo por los dos meses de apoyo terapéutico intensivo, podría decirse que Candela llevó bien la ruptura. Al menos volvió a vestirse con ropa ancha.

     Terminada la película, en el hall de entrada de los cines Callao y con el rímel serpenteando nuestros pómulos, debatíamos animadamente sobre la decisión final de la protagonista Francesca. Candela valoraba sobremanera que el marido de la protagonista fuera un hombre fiel, honesto, trabajador y buen padre, rasgos suficientes para conformar a una amplia mayoría de mujeres pasada la treintena. Yo por el contrario defendía la opción de fugarse con el amante y dejar atrás el arquetipo de familia perfecta, aunque, desde un punto de vista dramático me parecía más enriquecedor que el personaje interpretado por Meryl Streep padeciera de melancolía el resto de sus días. Sin duda, prefería un estado sosegado de tristeza a una explosión de júbilo de rápido consumo, tal y como supo prever con mis dibujos D. Martín Martín. Cardiovascularmente me compensaba.

     Nada más bajar la escalinata, sentí un golpe fuerte en la pierna derecha, precipitándome al suelo de forma un tanto aparatosa. Grité y los testigos empatizaron conmigo exhalando su respectivo grito. Un desconocido se había abalanzado sobre mí con su bicicleta de paseo, ignorando por completo el carril bici pintado dos metros a su izquierda que, para colmo, recorría la avenida entera. De nada sirvió que el Ayuntamiento diera luz verde a ensanchar las calles principales para saciar las peticiones de los fanáticos de las dos ruedas sin motor, demostrando por enésima vez que no sabemos sacar partido de nuestras victorias.

     Mientras me revolcaba por el asfalto, Candela, ya fuera por un acto reflejo o desahogándose por su fallida relación con Gerardo, comenzó a sacudir con el bolso al de la bici. Éste, atemorizado al ver la que había liado en un momento, pedía perdón compulsivamente mientras sorteaba los bolsazos de mi amiga. Aunque no tenía pensado concedérselo, lo bochornoso de la situación y su cara de cordero degollado me ganaron la partida. Candela detuvo el ataque por agotamiento y se hizo un silencio repentino. Comenzó a chispear y las personas que en principio se arremolinaban preocupándose por mi estado, fueron desapareciendo como conejos huyendo a sus madrigueras, porque está demostrado que es más complicado ser solidario cuando te cae agua encima. Me levanté dando tumbos y tras comprobar que seguía intacta, Candela respiró aliviada. Se apiadó durante unos segundos de mí, pasando a preguntarme con la boca pequeña si necesitaba ayuda. Al responderle que no, me plantó dos besos y sin pensárselo, se despidió hasta otro día. Me quedé anonadada viendo cómo se alejaba, cubriéndose la cabeza con la bolsa de las palomitas para que la lluvia no estropeara el alisado de ese pelo de rata que tenía.

     Conocía a Candela desde hacía más de veinte años y sabía lo que la incomodaba incumplir sus rutinas nocturnas. Mostraba comportamientos propios de una anciana que con el paso de los años había aprendido a mostrar sus manías con naturalidad. Primero cenaba su verdurita a la plancha, después oía su programa favorito de radio, para acabar acostándose al filo de la medianoche. Llegué a respetarla igual que ella respetaba de mí que casi nunca la escuchara cuando hablaba. Conforme pasaban los años, resultaba más complicado sacarnos de nuestros hábitos, pero coño, ¡me acababan de atropellar!

     Enseguida cesó la lluvia. El chico de la bici, lejos de imaginar que pudiera estar relacionándome con el egoísmo hecho mujer, se ofreció a acompañarme a mi casa por puro compromiso. Acepté. Aunque vivía relativamente cerca, mi barrio seguía siendo un tugurio camuflado de normalidad. La decisión de permanecer cerca de mis padres por aquello de relativizar los efectos del nido vacío, tuvo sus consecuencias. Sufrí dos atracos en el último año. Dudaba si era yo la que tendía a profanar los guetos de los delincuentes o simplemente era una víctima "robable". Pensé en apuntarme a sesiones de artes marciales, pero si ya de por sí era alta y ancha de espaldas, ganar masa muscular podría convertirme poco menos que en un portero de discoteca.

     Empezamos a movernos por inercia. Me contó que se llamaba Carlos, asturiano de nacimiento y de vivencias hasta que trasladaron a su padre a la capital por cuestiones laborales. Al principio les costó adaptarse a una ciudad tan impersonal como Madrid. A la altura del Monasterio de las Descalzas Reales ya conocía a grandes rasgos su vida. Que estudió veterinaria, que trabajaba de tele operador ganando una miseria y que acababa de salir de una relación donde su novia le había dejado plantado a escasos meses de pasar por el altar. Evidentemente, este último tema merecía ser indagado hasta la extenuación. Lástima que nos faltara confianza. Conforme lo escuchaba, reflexionaba sobre lo fácil que resultaba, sin entrar en detalles, resumir una vida. Me invadió de repente una sensación de torpeza al ser consciente de lo que tardábamos en asumir realidades, tomar decisiones o relativizar conflictos para acabar resumiéndolos en una frase que a lo máximo que aspiraba era a ser subordinada.

     Por mi parte, le mentí prácticamente en todo, porque aunque parecía una persona encantadora y con cierto morbo, seguía siendo el desconocido que acababa de atropellarme. En lo único en lo que fui rotundamente sincera fue al mencionar mi estado civil, soltera y sin compromiso a la vista, porque con esas cosas no se juega. Por lo demás, di rienda suelta a mi imaginación. Para Carlos trabajaba en Google, tenía una pequeña colección de plantas carnívoras en mi terraza y viajaba a lugares exóticos en cuanto tenía la más mínima ocasión. Me faltó inventarme una nacionalidad distinta. Lamentablemente, nunca se me dio bien imitar acentos.

     Pasada la plaza de San Miguel, me di cuenta de que caminábamos más despacio, sinónimo de que la compañía comenzaba a ser agradable. La luna nos obligaba a fijarnos en ella a pesar de la polución. Brillaba aunque estuviera creciendo, o decreciendo, nunca supe diferenciarlo. Aproveché una las peripecias de Carlos con un búho cornudo para sentarme en uno de los pivotes que tienden a partir las espinillas de los viandantes despistados. Mi pierna izquierda se resentía de la aparatosa caída. Para cuando quise darme cuenta, estaba haciendo algo que durante los tres últimos meses creía haber olvidado: reírme. Además de una conversación agradable, Carlos demostró tener un fino sentido del humor. Sus anécdotas durante las prácticas en el zoo de Madrid eran dignas de contarse en algún programa radiofónico de madrugada. Así Candela también podría reírse. Para más inri, su descontento vital con la sociedad de consumo alcanzaba cotas de desengaño similares a las mías. Un alivio pensar que la depresión exógena que me tuvo anulada durante tres meses tenía un germen común al resto de mortales. Sin preverlo, volvía a creer en mí misma, en mis posibilidades, al tiempo que ganaba puntos un desconocido que me había atropellado minutos antes. Nos volvíamos un poco más compatibles a cada comentario. Carlos también se sentó y fue entonces cuando decidí hablar de las pocas verdades que me rodeaban. También de las mentiras, que aquella noche parecían más verdad que nunca.

     Once de la noche. Nos acercábamos a mi portal, más tarde de lo previsto y mucho antes de lo deseado. La vieja desconfiada que habitaba dentro de mí prefería ocultar su madriguera, no fuera a estar acompañada de un asesino en serie o de un embaucador encargado de prometer el oro y el moro para luego desaparecer. Ambas opciones resultaban igual de nocivas. Así que, en un ejercicio de masoquismo en contra de mi voluntad, comencé a despacharle dos manzanas antes. Conforme nuestra conversación daba los últimos coletazos, la luz de una de las pocas farolas que quedaban encendidas en mi calle me permitió descubrir la plenitud de sus ojos, de un verde casi vampírico. Su sonrisa tampoco iba a la zaga, amplia, carnosa, tremendamente "besable". Antes ya me había percatado de su espalda infinita y un trasero respingón que nada tenían que envidiar a los modelos que habitaban las carpetas adolescentes. Tenía un monumento delante de mí y encima sabía conversar. Puff, ¿dónde estaría el fallo? ¿por qué le dejarían plantado en el altar? Le di las gracias por acompañarme, él volvió a pedirme perdón y nos dimos los típicos besos de rigor que se profesan un atropellador y su víctima. Se marchaba, elegante, como Clint Eastwood con su camioneta, intuyendo que su historia de amor con Meryl Streep llegaba a su final. Se alejaba mientras yo quedaba empotrada al lado de un póster de Miguel Bosé, que tocaba al día siguiente en el Palacio de los Deportes. ¿Y si el accidente era una señal de ese destino en el que nunca había creído? Notaba cosquilleo en el estómago, síntoma premonitorio de estar delante de otro ser humano con capacidad para controlar mis emociones, aunque él no fuera consciente de semejante poder. Ni corta ni perezosa me lancé y le pregunté si le apetecía quedar al día siguiente. Carlos casi solapó su respuesta con mi pregunta, proponiéndome quedar a las siete en la plaza que había al final de la calle. Asentí con la cabeza, sonreí y me giré aparentando una falsa timidez. Aceleré el paso, incrédula ante lo que acababa de pasar. Por supuesto este envalentonamiento lo guardaría como el mayor de los secretos. En la versión oficial para el resto de la humanidad, sería él quien hizo la proposición.

     Al día siguiente, aprovechando los últimos días de vacaciones, me quedé asobinada en la cama hasta media mañana sin que nadie pudiera molestarme. Vivía en una urbanización con piscina y pista de pádel, lujos que sólo utilizaba cuando la vida decidía darme algo respiro. La experiencia de la independencia del núcleo familiar resultó tan positiva que me arrepentía de no haberla empezado mucho antes. Esperé dos años a conseguir un trabajo relacionado con Historia del Arte, pero tras corroborar que había estudiado una carrera obsoleta, me lancé al mercado laboral sin cortapisas, consiguiendo un trabajo en Meeting People Corporation, empresa de contactos por internet, pionera en España y Reino Unido. Adiós a mi sueño de hacer visitas guiadas para extranjeros en el Museo del Prado. Tampoco es que fuera el sueño de mi vida, pero era un sueño al fin y al cabo.

     Lo primero que hice antes incluso de hacer mis necesidades o tomar ese zumo amargo que no podía dejar de comprar, fue llamar a Candela. Estaba en su hora de descanso. Me sabía sus horarios al dedillo, mejor incluso que los míos. Al descolgarme, ataqué sin vacilar.

―¿A ti te parece normal?

― ¿El qué? ¿ha pasado algo? ¡Un atentado!... Los de Al Qaeda otra vez, seguro.

― El atentado lo voy a perpetrar yo contigo. ¿Te parece bonito dejarme tirada justo después de que me atropellaran?

― Ah, eso. Mujer, dijiste que te encontrabas bien.

― ¿Y desde cuando las mujeres decimos lo que realmente queremos decir? Porque tú, como mujer, sabes de lo que te hablo.

― Chica, perdona por no descifrar tus códigos, pero vamos, que te dejé en buena compañía.

― Estaba con un completo desconocido. Podría haber sido un asesino en serie.

― Qué exagerada, con la cara de niño bueno que tenía.

― Los asesinos en serie no suelen tener cara de asesinos en serie. Te habrías quedado tan ancha escuchando tu programa de radio mientras me descuartizaba y metía mis extremidades en bolsas de basura.

― Sabes que necesito mis rutinas. Es lo único que me calma de lo incomprensible que nos sucede a diario.

― Debemos salir de este bucle de negatividad en el que estamos metidas. Ya tenemos bastante con estar más solas que la una y trabajar en algo que ni fu ni fa.

― Qué efusiva estás. ¿Te ha pasado algo?

― He quedado con el del atropello... esta noche.

― Ya decía yo. En el fondo te va la marcha, porque estoy segura que se lo has pedido tú.

― Te equivocas, ha salido de él.

― Si tú lo dices. Esta tarde me lo cuentas todo.

― Vente para las seis y me ayudas a elegir vestido.

― Te llevo uno mío mejor, porque tu fondo de armario lo rechazaría hasta un mendigo.

― Mira quien habla, la que mezcla colores sin ton ni son.

― Mezclar colores es lo único que me salva del abismo. Te dejo que ha llegado la cliente plasta de la que te hablé.

― ¿La que ha denunciado a las mascotas de todos sus vecinos?

― No, la del marido que le puso los cuernos con su propia madre.

― La sociedad se pudre. Disfruta de la mañana.

     Estaba atacada. Nada más colgar hice una visita a la despensa donde días atrás había escondido unos donuts fondant con el firme propósito de evitar tentaciones. Mi intención era coger medio, uno a lo sumo. Tras zamparme los cuatro llegué a la conclusión de que lo mejor para evitar ataques de ansiedad de ese calibre sería vetar la bollería industrial. Así, la próxima vez no tendría más remedio que atiborrarme a zanahorias y con la pereza que me daba pelarlas, seguro que aprendería a controlar mis pulsiones. Cuando alguien me gustaba, todas las inseguridades que había acumulado desde la infancia hacían acto de presencia en forma de frases reiterativas, a cual más negativa y desasosegante. Nunca estaba lo suficientemente atractiva para desnudarme delante de ningún hombre con garantías. De hecho, ayudada por los ansiolíticos y los donuts fondant, llegué a engordar nueve kilos.

     Para frenar el brote neurótico empecé a limpiar toda la casa. El amoniaco se convirtió en el perfecto aliado contra la paranoia, más que nada porque acabé "colocada" durante más de media hora y es que no hay nada como una buena intoxicación para evitar darle vueltas a la cabeza. Cuando dejé de toser, me puse a hacer escrutinio de la ropa de mi armario. Con una visión panorámica de mis modelitos desperdigados por la cama, tuve que darle la razón a Candela. Mi ropa abarcaba una mínima paleta de colores. Blanco, negro y marrón. Una versión anticipada de una señora rancia se había apoderado de mí y ni tan siquiera me habían salido esas varices tan delatadoras de que algo comenzaba a corromperse por dentro.

     Sonó el timbre de la puerta. Sólo mi hermana Adela llamaba con tanta rapidez. Siempre tan oportuna.

― ¿Qué haces aquí?

― Tenía ganas de verte.

― ¿En serio?

― Que va. Vengo para que me dejes alguno de tus vestidos de fiesta.

― ¿Cuál? Si nunca te gustó ninguno.

― Y siguen sin gustarme. Tengo un casting mañana y me piden que vaya disfrazada con algún modelito hortera.

― Qué bien... ¿y de qué es el casting?

― De actriz en el parque de atracciones, para el pasaje del terror. La que hacía de ama de llaves está de baja por maternidad.

― Pues para eso con que te vean la cara seguro que te cogen.

― Qué graciosa. Te cojo el negro, el que usaste en la última Nochevieja.

― Está en el armario del pasillo.

― ¿Y tú qué te cuentas?

― Poca cosa. Tengo una cita con un chico esta tarde. Le conocí ayer.

― Ah, sí, ¿dónde?

― Al salir de los cines Callao. Me atropelló con su bici.

― Joder, alucino contigo.

― El sentimiento es mutuo.

― Ah, mamá me ha dicho que te vengas a comer.

― Dile que hoy imposible. ¿Está mejor de la espalda?

― Sí, pero ahora le duele un pecho. Enlaza un dolor con otro.

― Será de los bultos de grasa que le suelen salir. Menuda herencia nos va a dejar.

― Pues sí. Me voy que llego tarde. Te he cogido también el blanco con la espalda al aire, para que destaque mejor la sangre artificial.

― Oye, que ese me lo sigo poniendo.

― Estás de coña, ¿verdad? Venga, hasta mañana.

     Siempre respiraba aliviada cuando Adela desaparecía. Parte de la ansiedad que he desarrollado se la debo a su manera tan superficial de entender la vida. Por fortuna, sus intervenciones solían ser rápidas. Un huracán que pasaba destruyéndolo todo a su paso.

     Hora de comer. Tras el atracón repostero, mi estómago estaba cerrado a cal y canto. Agradecí la nueva política agresiva de los establecimientos textiles de abrir a mediodía. Dos opiniones en contra sobre mi fondo de armario en menos de media hora provocaron que bajara como una exhalación a comprar el primer trapo que me hiciera parecer sensata con un punto de alocada. El problema es que mi espíritu juvenil yacía oculto entre alguna capa de grasa de más. Sin duda, me había abandonado desde mi última relación con aquel violinista obsesionado con perfeccionar la obra "La danza de los duendes" de Bazzini. Aún la tarareo en mi cabeza.

     Ya en la tienda, una empleada perfectamente adiestrada se empeñaba de alagar cada prenda que me probaba. Si me hubiera probado un capuchón de penitente con un tutú de ballet también habría dado su aprobación. ¡Valiente hija de puta! Encontré una chaquetilla negra ochentera con detalles verdes que me dio esperanzas, aunque tenía que quitarle aquellas hombreras descomunales o parecería un soldado de la Guardia Real. El vaquero con pespuntes deshilachados de la esquina completó el modelito. Subí a casa más contenta que unas pascuas. Aún mantenía un lado macarra que me aportaba un chute extra de energía, aunque el concepto macarra suele devaluarse con el paso del tiempo. En los ochenta, una chupa de cuero y un agujero en la oreja bastaban para ser una persona "chunga". En el siglo XXI, para ser un buen macarra necesitaría torear desnuda una vaquilla en mitad de una plaza mientras me meto un chute de heroína delante de mis padres. Los conceptos se transforman a velocidad de vértigo.

     Me encontré a Candela llamando a mi porterillo. Llegaba antes de tiempo, cosa que sólo ocurría cuando existía un chisme potente a la vista. Ajena a mi compra exprés, trajo varios modelitos de su agrado. Al fin y al cabo, ambas teníamos la misma talla. Sentadas en mi "chaiselongue" de piel Soho, pronto sacó a relucir las taras más comunes a la hora de afrontar una cita: "no le agobies, hazte la interesante, que no parezcas desesperada, no cuentes penas, no te acuestes con él la primera noche...bueno, eso, si quieres, hazlo, que ya tenemos una edad", en resumen, un manual de supervivencia a la primera cita que ella casi nunca cumplía. Le di las gracias aunque me estuviera agobiando. Si yo le hubiera dicho a ella la mitad de lo que se me pasaba por la cabeza cuando salía con un chico, el despacho del psicoanalista se habría convertido en su segundo hogar. La costumbre de Candela de enamorarse de chulos, mujeriegos y egocéntricos desquiciaba a cualquier mujer con un mínimo de amor propio. Aunque se les viera venir, Candela se colocaba su máscara y ya podían estar practicando una orgía en su cara, que ella siempre se veía con probabilidades de reconvertirlos en un perfecto padre para sus hijos. Para colmo, la mayoría de prendas que me había traído pertenecían a temporadas pasadas. Rechacé cada una de sus propuestas - incluida la de la falda de cuadros- y me negué a dar explicaciones. Iba a quedar con un chico por primera vez en cinco meses, necesitaba sentir que llevaba las riendas. Además que la imagen de Lolita de colegio privado con una pierna amoratada distaba del tipo de mujer que quería transmitir.

     Se acercaba la hora de bajar y aún estaba sin maquillar. Candela se había puesto el pijama. Tenía pensado quedarse en mi casa hasta que volviera; nos encantaba contarnos con pelos y señales lo acontecido después de una cita, con las noticias fresquitas, en crudo. Entre lo que era verdad y lo que nos inventábamos pasábamos un rato muy agradable.

     Quedamos en la plaza de la Provincia, un lugar que a partir de ese día recordaría con cariño si la cosa cuajaba o con nostalgia si fracasaba. Podría convertirse en un emblema para nuestra relación. "En esta plaza quedamos por primera vez, ¿te acuerdas?", le recordaría a Carlos cuatro meses después, como si hubiera pasado una eternidad.

     Al bajar me entretuve en una tienda de regalos absurdos para hacerme de rogar. Pasados los cinco minutos de rigor, llegué a la fuente de Orfeo que preside la plaza. Aún no había llegado pero le resté importancia de inmediato. En Madrid ser puntual era una quimera. Me senté a escuchar el gorgoteo del agua que salía de la boca de aquellas figuras. Nunca supe muy bien si eran gárgolas humanizadas o querubines horrendos. Crucé las piernas para hacerme la interesante y me puse recta para evitar que sobresaliera la chepa que arrastro por mala postura desde que tengo uso de razón; podría aparecer por cualquier parte. Habían pasado diez minutos. Me propuse no impacientarme hasta el cuarto de hora. Me atusé la melena y ensayé mi mirada de melancolía feliz, que consistía en mirar algo que me transmitía ternura con los ojos vidriosos - en este caso, un niño jugando a la pelota- acompañado de mi genuina sonrisa etrusca, como si todo estuviera en calma dentro de mí, como si la vida mereciese tal encandilamiento.

     Cuarto de hora. Comenzaba el periodo de esquizofrenia. ¿Y si se le ha olvidado? El estrés de Madrid pasaba factura sin apenas darnos cuenta. Igual pensó que estaba loca. Tendría que haberme callado y haberme dado media vuelta. Fin de la historia. Entonces ¿por qué parecía que quería conocerme mejor? Me contó cosas íntimas y se le notaba perdido, alienado. Buscaba un hombro en el que apoyarse, alguien que le escuchara de verdad. Sin duda me necesitaba. Dios, veinte minutos. Miré cada reloj de mi alrededor, por si se me hubiese parado al mismo tiempo el reloj de la muñeca, el del móvil y el del despertador de mi casa. Nada, las siete y veinte en todas partes. El niño de la pelota que antes miraba con instinto materno se estaba transformando en el "cabrón de la pelota" y mi pierna izquierda empezaba a tener vida propia. Me levanté y comencé a buscarle por una plaza que se divisaba con un solo golpe de vista. Las campanas de la iglesia marcaban las siete y media. ¿Qué hago, me voy? A lo mejor ha tenido algún percance, el pobre demostró ser un tanto torpe y ni siquiera nos dimos nuestros números de teléfono, imposible avisarme. Un abuelo sentado en el banco del fondo comenzó a mirarme raro. Olía mi plantón. Me metí en la cafetería de en frente y desde su vidriera me convertí en una espectadora más.

     Pedí un café sólo y yo nunca tomaba café. Lo mismo entendió a las siete y media, pero eso eran dos palabras más que decir las siete, no parecía lo más lógico. Me quedaban dos opciones por barajar mientras me achicharraba con el primer sorbo de café. Que fuera una persona tremendamente impuntual, de estas que parece que su vida es más turbulenta y compleja que la de los demás- algo insoportable- o que en realidad esos ojos verdes se hubieran asustado ante mi determinación y valentía, lo que si estaría dispuesta a soportar, porque me adaptaba muy bien a la gente cobarde. Seguro que acaba apareciendo-pensaba- aunque ya sean las... ¡ocho!, soy estúpida, tonta de remate. ¿Qué hago perdiendo el tiempo con este tío? Carlos, si tiene nombre de padre. Está claro que es alguien que está confundido y confunde al resto. Uno de tantos.

     Me levanté apresurada y me fui sin pagar. La camarera novata que me atendió ni se enteró. Crucé la plaza y sin controlarme, seguía mirando a uno y otro lado, esperando encontrármelo de frente para pedirme una disculpa mientras me regalaba una caja de bombones o alguna chorrada similar, por las molestias. Nada, el niño de la pelota continuaba botándola de manera enfermiza y el abuelo del banco me miraba el culo sin discreción alguna. Maldije entonces a las películas de amor que nunca se atrevieron a mostrar ese final sórdido que merecían sus historias y entendí entonces al personaje de Francesca, porque de haberse ido con Clint Eastwood habría sido una infeliz en cuanto él le hubiera mostrado su cara más oscura. Caminaba rápido en dirección a casa donde me esperaba una Candela impaciente por escuchar cada detalle. No podía permitirme este ridículo.

     Ni corta ni perezosa me metí en unos grandes almacenes. Hasta las diez tenía coartada. Entre la sección de moda joven y la de cosas para la casa se me pasó el tiempo volando. Qué tendrán esos lugares que, por muy decepcionada que estuvieras con el mundo, acababan generándote la idea de que necesitabas lo expuesto. Mi cabreo iba en aumento mientras probaba cada cama de visco látex que tenían en exposición. Carlos me había plantado, al igual que hizo su anterior novia antes de pasar por la vicaría. Se vengaba de ellas a través de mí...¡se vengaba de ella a través de mí!

     Pasadas las dos horas, bajando las escaleras mecánicas, decidí que ya que hacía el paripé, lo hacía en condiciones. Fui a cenar a uno de esos restaurantes donde los fines de semana era imposible pasar pero durante los días de diario la falta de clientes hacía peligrar el negocio. Pedí uno de mis platos favoritos, rissoto de setas con gambas y el mejor vino de la casa, que sustituí de inmediato por un vino medio de la casa, porque por mucho que quisiera venirme arriba, mi economía me tiraba literalmente hacia abajo. Las doce, hora perfecta para regresar a casa y tener algo que contar. Entraba dentro de los parámetros de una cita con solera. Sólo me faltaba pensar en algún detalle que diera verosimilitud a las cuatro pinceladas que tenía en mente. Repasé.

     "Cuando llegué a la plaza, estaba esperándome. Llevaba camisa de cuadros color mostaza y pantalón chino verdoso, arreglado sin llegar a parecer un vendedor de libros a domicilio. Entramos a tomar un café al bar que hay justo en la esquina. Él no dejaba de mirarme. Tenía unos ojos hipnotizadores. Conocía su baza y le intentaba sacar el máximo partido. Estuvimos hablando de nosotros, de lo que nos agobiaba Madrid, de la ternura que nos aporta una mascota, de deseos que nunca cumpliremos. Muchas coincidencias, puede que forzadas, pero coincidencias al fin y al cabo. Estábamos a gusto, por eso decidimos tomar algo más contundente. Nos acercamos a un restaurante que estaba "cerrado por motivos personales". Por suerte el bar de enfrente carecía de motivos para cerrar y, según Carlos, hacían los mejores calamares de Madrid. En un principio, mi intención era comerme sólo la tapa que ponían con la consumición, pero al ver a Carlos con ese bocadillo enorme entre sus manos, por solidaridad me pedí otro igual. La conversación seguía siendo fluida. Me hablaba recurrentemente de su familia, de la impotencia interna que sintió cuando su padre le obligó a dejar su ciudad, de lo distintos que eran su hermana y él. Disfrutaba escuchándole. Estaba siendo sincero, abriéndose en canal. Apenas me percaté del trozo de rebozado que colgaba de su moflete desde el primer bocado. Me hacía reír. Él, por su parte, valoraba mi escucha activa y mi capacidad de relativizar las angustias, llevándolas a un terreno neutral. Analizaba cada uno de mis gestos, intentando encontrarme el fallo que le bajara de la nube. Por suerte estaba curtida en mil batallas, difícil pillarme en un renuncio. Dejamos el local sabiendo que ninguno de los dos iba a abandonar sin que pasara algo más. Decidí regresar a casa para hacerme la interesante. Nos encontrábamos cerca para coger un taxi y lejos para dejar que una pobre chica indefensa deambulara sola por aquellas calles.

     En cuanto nuestro camino se despejó de edificios, apareció una luna intensa. Carlos aprovechó la coyuntura para cogerme de la mano y me dejé. Nos miramos avergonzados, pareciendo primerizos. Nos soltamos las manos, nos reímos y fui yo quien ofreció la mano de nuevo. Tardaba demasiado en besarme. Podría hacerlo yo, solo que a mi autoestima le venía mejor que lo hiciera él. Al llegar a una esquina, Carlos se adelantó y la dobló antes que yo; cuando giré, me estampé contra sus labios. La luna nos enfocaba como una escena de teatro a punto de acabar, un beso mágico podría decirse. Avanzamos. Ninguno de los dos soltaba la mano del otro y mi casa aparecía a lo lejos. Deseaba que los metros que faltaban se convirtieran en kilómetros. Irremediablemente nos acercábamos al final y cuando una persona es tan consciente de que se acerca el ocaso, se deja de disfrutar lo inmediato. Ahora sí le llevé hasta mi portal. Dejó de ser un temerario desconocido para ser mi temerario desconocido. Le había encantado mi compañía, se lo noté en sus ademanes. Estaba muy agradecido por haber pasado con él... su última noche en Madrid. Sí, así como suena, su última noche. A la mañana siguiente viajaba a Praga para una última entrevista de trabajo en una de las clínicas veterinarias más prestigiosas de la ciudad. El puesto era prácticamente suyo. Los años de paro los aprovechó para perfeccionar su inglés y ya estaba preparado para competir con otros veterinarios del mundo. Pude disimular mi cara de frustración gracias a mis dos kilos de maquillaje. Se marchaba la única persona que en los últimos cinco meses había despertado un interés que creía muerto. Adiós a su conversación fluida, a su inocencia casi juvenil, a su trasero respingón. Si existían los abrazos tristes, el de esa noche sería uno de ellos. Decidí acabar la escena con un "que te vaya bien, ya nos veremos". Cerré toda posibilidad de evolución. No estaba dispuesta a sufrir. Conocía lo que venía después. Llamadas infinitas, viajes exprés, despedidas en aeropuertos, desconfianza, escenas de celos, llantos apaciguados por amigas que creen que su vida es mejor que la tuya. Ni hablar. Aquella noche el ascensor fue el único testigo de mi abatimiento. Bueno, el ascensor y el vecino del 2º E, que también se recogía tarde para ser jueves." 

     Nada más entrar por la puerta de mi casa, el sonido de la televisión acompañaba a los ronquidos de una Candela fundida con el sofá. No quería despertarla para mentir descabelladamente, porque cuando se despierta a alguien de un sueño profundo, lo mínimo que una puede hacer es decir la verdad. Preparándome un té decidí que así sería como contaría esta historia, así la recordaría Candela y el resto de mi entorno. Concluía así mi particular forma de convertir una tragedia en un drama. En mi imaginativa propuesta, también omitiría que al día siguiente volví a la plaza, a la misma hora, por si cabía la posibilidad de que Carlos hubiera entendido que quedábamos "pasado mañana". Tampoco reconocería jamás que las historias inconclusas ejercían un poder alienante y desmesurado en mi manera de abordar las relaciones interpersonales, ni que Carlos pasaría a convertirse en mi particular obsesión utópica a la que aferrarme en mis ensoñaciones.

     Así fue como me obligué a recordar esta historia, la típica historia que nunca comienza.